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domingo, 13 de febrero de 2011

Viva Santa cruz hermosa !!


La hermosa y majsetuosa catedral de nuestra SANTA CRUZ

jueves, 19 de junio de 2008

AUTONOMIA CARAJO !!!


Cuando se habla de Bolivia -sobre todo en el extranjero pero también dentro del propio país- se suele acudir a figuras o construcciones idiomáticas que, recurriendo a una visión geográfica y cultural fragmentaria y parcializada, tratan de resumir y de reducir la realidad nacional a la fórmula de "país altiplánico" o "país andino". Aparte de constituir un recurso fácil, esa caracterización, incompleta, y por lo tanto deformante, se fundamentaba en el hecho de que, hasta no hace mucho, sólo se conocía la parte occidental del país.
Desde la Conquista y la Colonia hasta bien entrado el Período Republicano, la política del país se hacía y se vivía en las regiones andina y altiplánica. La economía colonial y republicana descansó siempre sobre la explotación de las minas, de plata primero y de estaño después, al punto de que todavía hoy se habla de Bolivia como de un país eminentemente minero. Por esta misma razón, las expresiones culturales de la región occidental son las que hasta el presente han encontrado mayor difusión, tanto fuera como dentro del país y se las considera como las manifestaciones que simbolizan y expresan la identidad boliviana. Por lo demás, es también un hecho que, hasta hace pocos años, el altiplano y los valles andinos monopolizaban las mayores concentraciones humanas del país, con por lo menos el setenta por ciento del total de la población. Ante esta realidad, no es extraño, entonces, que a nadie se le ocurriera caracterizar a Bolivia como "país tropical" o "país amazónico". Tampoco sería correcto hacerlo, ya que, de la misma manera, significaría incurrir en una deformación, en una mutilación de la realidad global boliviana.
Lo cierto, sin embargo, es que más de dos terceras partes del territorio de Bolivia están conformadas por llanuras tropicales y subtropicales, atravesadas por caudalosos ríos que pertenecen a las cuencas del Amazonas y del Río de la Plata.

En esta región se encuentra el departamento de Santa Cruz, que con algo más de 370.000 kilómetros cuadrados es el más extenso de los nueve departamentos que conforman el territorio de la República de Bolivia. Está ubicado en el este del país y limita con Brasil y Paraguay. Actualmente tiene alrededor de 1.500.000 habitantes; la temperatura promedio al año es de 24,6 grados Celsius y su altura media es de 437 metros sobre el nivel del mar. Su capital es la ciudad de Santa Cruz de la Sierra y tiene en la actualidad una población de más de 800.000 habitantes.

En términos de actividad y producción económica, Santa Cruz es la región más importante del país, siendo sus principales rubros la producción de petróleo, de gas natural, caña de azúcar, algodón, maderas, soya, arroz, trigo, maíz y ganadería. En la ciudad de Santa Cruz de la Sierra y en la llamada "región integrada", que se extiende desde la capital hasta unos cien kilómetros hacia el norte, existen también algunas considerables concentraciones industriales, entre las que se destacan los ingenios azucareros, las refinerías de petróleo, los silos y agroindustrias relacionadas a la soya, la industria lechera y sus derivados, la fabricación de materiales de construcción, muebles, cueros, conservas, bebidas y otras.

La vastedad del territorio, la generosidad del clima tropical y la diversidad de las actividades económicas y productivas han hecho que la región de Santa Cruz se convierta, en los últimos treinta o cuarenta años, en una especie de polo de atracción, tanto para la propia población boliviana, como para un sin número de inmigrantes procedentes de los más cercanos y de los más remotos países del mundo.

Los habitantes de Santa Cruz se llaman cruceños, aunque también se los conoce como orientales o cambas (nombre que se suele dar en Bolivia a todos los habitantes originarios de la región tropical, es decir, también de los departamentos del Beni y Pando). Y hay cruceños de generaciones antiguas, como los hay de generaciones más recientes. Porque en Santa Cruz viven y trabajan gentes venidas de Cochabamba y de La Paz, de Sucre y de Potosí, de Oruro, de Tarija, del Beni y de casi todas las zonas del país. Y también hay menonitas originarios del norte de Alemania, que llegaron desde el Canadá, los Estados Unidos y México; hay japoneses de Okinawa, Kioto y Osaka, chinos de Taiwán y Hong Khon; coreanos del Sur y del Norte; Sikhs del Punjab, rusos blancos, sirios, libaneses, jordanos, egipcios, alemanes, italianos, judíos, argentinos, chilenos, brasileños y muchos más. Pero los primeros en llegar a esta región desde tierras remotas, fueron los conquistadores españoles, atraídos por la Leyenda de El Dorado, del Gran Paitití.
Casi todos los historiadores del país y de la región coinciden en señalar que el descubrimiento y la incorporación de los llanos orientales de lo que hoy es Bolivia a la Audiencia de Charcas y al Virreinato de Lima, tuvieron sus orígenes en la búsqueda de El Dorado, ese legendario emporio de riquezas inagotables que, conocido con el nombre de Gran Paitití, encendía la imaginación de los conquistadores españoles del Siglo XVI.

La Conquista del Perú y la posterior creación del Virreinato con asiento en Lima, no habían logrado sentar jurisdicción en las llanuras orientales, que se extienden desde los contrafuertes de la Cordillera Oriental de los Andes hasta los límites con el Brasil y el Paraguay. Esa extensa región estaba habitada por pueblos aborígenes como los Chanés, los Chiriguanos, los Chiquitanos, los Guarayos y otros grupos étnicos de origen arawak o guaraní, nómadas algunos y sedentarios otros. Fue entre 1548 y 1549 que llegaron a estas tierras los primeros adelantados españoles, procedentes de Buenos Aires y Asunción. El 26 de febrero de 1561 don Ñuflo de Chávez procedió a la fundación de Santa Cruz de la Sierra, como un homenaje a su villa natal del mismo nombre en la Extremadura española. Pero en los años siguientes, la ciudad tuvo una vida azarosa y cambió varias veces de ubicación y de nombre, ya que fue bautizada como San Lorenzo el Real y San Lorenzo de la Frontera, hasta que finalmente, hacia 1621, se estableció en el lugar que hoy ocupa, en las inmediaciones del río Piraí, imponiéndose finalmente el nombre de Santa Cruz de la Sierra.

Los conquistadores no encontraron las fabulosas riquezas de El Dorado, pero, a cambio de ello, decidieron convertir a la fe cristiana a todos los pueblos dispersos que habitaban la región. Fue así que a partir de la segunda mitad del Siglo XVII, la llanura cruceña se convirtió en tierra de Misiones que fueron fundadas por Jesuitas y Franciscanos.

Además de la misión religiosa de la que deriva su nombre, las Misiones fueron centros de producción y autoabastecimiento, no sólo de esas pequeñas concentraciones humanas, sino también de toda la región, sobre todo en lo referente a productos agrícolas y, aunque en menor escala, la cría de ganado. Por otra parte, los trabajos del campo se vieron complementados con la enseñanza, impartida por los religiosos españoles a los pobladores de la región, de algunas artes y de la construcción, sobre todo de carácter religioso. Fue así que entre los nativos surgieron, al cabo de algunos años, hábiles talladores de madera, maestros en carpintería, pintores, decoradores y también músicos, artes todas que formaban parte de la instrucción religiosa que se practicaba en las Misiones. De aquella notable artesanía se conservan todavía hoy impresionantes testimonios arquitectónicos y artísticos en poblaciones como San José, San Miguel, San Javier, Santa Ana, San Ignacio, San Rafael, San Ramón, Concepción, Porongo y otras. Esas magníficas obras de arte, testigos elocuentes de la historia colonial del Oriente Boliviano, han logrado sobrevivir al paso del tiempo y a la acción destructora de un clima implacable. Genéricamente conocidas como las Misiones, esas poblaciones constituyen hoy una de las principales atracciones turísticas no sólo de la región, sino del país, gracias a no pocos esfuerzos desplegados en los últimos años por conservar y restaurar las obras allí existentes.

Por lo demás, durante todo el período colonial, la región entera vivió dedicada a una agricultura rudimentaria, a la cría de ganado para consumo doméstico y, en menor escala, a la artesanía. Era una economía de subsistencia. En esas condiciones era muy difícil siquiera pensar en un progreso material y cultural. Por lo tanto, el crecimiento de la población era lento, casi insignificante.



La ciudad capital, Santa Cruz de la Sierra, no llegaba a los 20.000 habitantes cuando se produjo la fundación de la República en 1825; y el resto de los pueblos cruceños eran apenas aldeas con no más de 5.000 habitantes cada una. Santa Cruz, al igual que todo el Oriente Boliviano, figuraba en los mapas, pero en realidad era un vasto territorio despoblado que jugaba un papel poco menos que secundario en la vida colonial del Alto Perú. Los contactos con el mundo exterior eran escasos y difíciles, entre otras causas porque las vías de comunicación eran precarias, cuando no inexistentes. Sin embargo, la región participó activa y decididamente en las luchas por la Independencia a principios del Siglo XIX; y las llamadas Republiquetas que se establecieron en Santa Cruz formaron parte importante del movimiento independentista de esta zona del continente americano. Una vez creada la República de Bolivia, el 6 de agosto de 1825, Santa Cruz pasó a formar parte del territorio y la jurisdicción del nuevo Estado. Pero las condiciones de vida de la región, caracterizadas por el olvido, el abandono y el aislamiento, permanecieron virtualmente inalteradas. Vale la pena, a este propósito, recurrir a una cita del historiador cruceño Hernando Sanabria Fernández, quién, en su Breve Historia de Santa Cruz, incluye este ilustrativo párrafo sobre el período republicano del siglo pasado:

"A pesar de todo ello, para algo había de servir Santa Cruz en aquélla agitada época de la vida nacional. Largamente alejada de las ciudades y los pueblos donde se urdía el complot y con fama de insalubre y plagada de dañinos insectos, escogíanla los gobiernos para lugar de destierro de sus enemigos y delincuentes políticos."

El mismo autor supone, líneas más adelante, que "a fuerza de tanta noticia de rebeliones y motines operados arriba y de tanto recibir a desterrados políticos y frecuentar su trato", la ciudad de Santa Cruz de la Sierra terminó por contagiarse de esa vocación revoltosa, poniéndola en práctica en reiterados cuartelazos y pronunciamientos callejeros. Pero también es verdad que muchas de esas rebeliones respondían al legítimo reclamo de la región de ser tenida en cuenta y de lograr una mejor atención de sus necesidades por parte del Gobierno Central. La más notable acción en ese sentido fue, sin duda, la protagonizada entre 1876 y 1877 por el abogado Andrés Ibáñez y sus seguidores, agrupados en el Partido Igualitario, inspirado en las ideas del socialista utópico francés Graco Babeuf. Pero la revolución igualitaria de Ibáñez, que postulaba la creación de un estado federalista, terminó siendo derrotada por una expedición punitiva del Gobierno Central. El propio Ibáñez y algunos de sus seguidores, luego de un juicio sumario, fueron fusilados el 1° de mayo de 1877 en la localidad de San Diego, en el extremo oriental del departamento de Santa Cruz. Esa derrota simboliza, de alguna manera, la conflictiva relación que seguiría teniendo la región con el resto del país y consigo misma.

En términos generales, la situación de la ciudad y del departamento no cambió mucho hasta bien entrado el presente siglo. Fue a partir de la década del cincuenta y, más aún, del sesenta, que empezaron a producirse transformaciones, a menudo violentas, en la vida cruceña, en la actividad económica, en la arquitectura y el paisaje, en las costumbres y, en definitiva, en la importancia de la región en el contexto nacional. Varios son los motivos y las razones que pueden señalarse como causantes de ese proceso de cambios. La conclusión de la carretera Cochabamba-Santa Cruz, permitió la integración de la economía cruceña al mercado nacional y un considerable flujo migratorio de occidente a oriente; la política de distribución de tierras, sobre todo en el norte cruceño, a campesinos del Altiplano y de los valles occidentales, que no pudieron ser beneficiados con la Reforma Agraria de 1953; la explotación intensiva, por parte del Estado, de los yacimientos de petróleo y de gas existentes en la región y la asignación del once por ciento de los recursos generados por esa producción, en beneficio del departamento; la apertura de nuevos rubros productivos, especialmente en la agroindustria (azúcar, arroz, algodón, entre otros); la conclusión de la conexión ferroviaria con Brasil y Argentina y, desde luego, los incesantes reclamos de los cruceños ante las autoridades del Gobierno Central a fin de poder dar respuesta, en términos de recursos y de infraestructura, a las crecientes necesidades de la región, como consecuencia de la llegada de cada vez más numerosos contingentes de inmigrantes; todo ello y algunos otros factores más, condujeron al rápido crecimiento de la ciudad y de las zonas rurales, sobre todo de las más cercanas a la capital, en las que también empezaron a crecer otras concentraciones urbanas como Montero, Portachuelo, Warnes, Buena Vista y de algunas más alejadas como Camiri, Samaipata, Mairana y otras.

Las ciudades y el campo vecino empezaron a llenarse de gente y de vehículos que llegaban con más gente. Aparecieron enormes mercados en los que se ofrecían los productos tradicionales de la región, como el arroz, la carne vacuna, la yuca, el plátano, el charque, las chirimoyas, las guayabas y las mangas, y otros hasta entonces poco menos que desconocidos, casi exóticos, venidos de otras tierras y otros climas, como el tomate, la papa, el locoto, las zanahorias, las ocas, el chuño y otros aún más novedosos. También aparecieron los productos de plástico, las botellas con bebidas gaseosas de diferentes colores y sabores, las latas de conserva, los hoteles, los restaurantes y los locales nocturnos, las tiendas y las oficinas. Al aeropuerto de El Trompillo ya no llegaba, como hasta poco antes, un avión por semana, sino dos aviones por día, y después fueron más; a la improvisada estación ferroviaria llegaban los trenes de la Argentina y del Brasil con gentes y productos. En poco más de una década, la ciudad pasó de algo menos de 50.000 a más de 200.000 habitantes, y dos décadas más tarde su población era superior a las 600.000 personas. En la actualidad, su tasa promedio anual de crecimiento demográfico de más del siete por ciento hace prever que, hacia 1995, Santa Cruz de la Sierra habrá superado la cifra de 1.200.000 habitantes.

Fue en la década del sesenta que la ciudad empezó a modernizar su hasta entonces precaria o, incluso, inexistente infraestructura de servicios. Se procedió a la instalación de un moderno sistema de agua potable; se creó el servicio público del alumbrado eléctrico; se empezó a tender los cables de comunicación telefónica; se enlosetaron las calles del llamado "Casco Viejo", vale decir, la ciudad antigua que hoy constituye el centro urbano, así como de los cada vez más numerosos barrios nuevos que iban apareciendo en la periferia, y se abrieron y asfaltaron avenidas de circunvalación, más conocidas como "anillos", de los que actualmente existen cuatro sobre un diámetro de diez kilómetros. Pero, sobre todo hacia el este y hacia el sur de la ciudad, los nuevos barrios y urbanizaciones se extienden hasta más allá de donde podría estar el octavo anillo. A mediados de la década del ochenta, el antiguo aeropuerto de El Trompillo, que debido al rápido y casi incontrolable crecimiento urbano estaba ya virtualmente en el centro de la nueva ciudad, debió ser reemplazado por el moderno aeropuerto internacional de Viru-Viru, el más grande y completo del país, con servicios de vuelos tanto nacionales como internacionales, que está situado a 18 kilómetros de la ciudad sobre la carretera al Norte, que es la nueva vía de comunicación terrestre con Cochabamba y el resto del país.

La actividad económica de la ciudad y la región, con su dinámica y sus exigencias, ha generado nuevas y hasta hace poco desconocidas formas de vida, de convivencia, de supervivencia. La siesta del mediodía caluroso es interrumpida por una llamada telefónica de urgencia, cuando no es imposible debido a un prolongado almuerzo de trabajo. El café con tertulia a las cinco de la tarde o la serenata de medianoche al pie de una ventana han cedido su lugar a la recepción oficial con saco y corbata, al desfile de modelos de pasarela o a la ceremonia de inauguración con vino de honor. El tiempo, que antes sobraba a toda hora, ahora se ha vuelto escaso. Y falta, sobre todo, para que la ciudad y sus gentes puedan hacer frente a las nuevas y cada vez más urgentes exigencias de su vida cotidiana.

Esas necesidades se sienten tanto en la ciudad como en el resto del departamento. Por lo demás, los requerimientos y las posibilidades no son siempre iguales en todas las regiones. Porque geográfica y culturalmente -y, como consecuencia de ello, también en términos económicos- Santa Cruz presenta regiones variadas y diferenciadas entre sí. Hay zonas más pobladas y más desarrolladas que otras, como las hay aquéllas que aún conservan casi intactas sus tradiciones culturales, manteniendo el mismo aspecto y el mismo carácter que tenían hace más de un siglo, mientras otras lo han perdido o canjeado por otros nuevos. Y, por último, hay regiones que aún mantienen la exuberancia de su flora y de su fauna, en tanto que otras evidencian signos de preocupante deterioro. Ateniéndose a las características de cada una de esas regiones y dejando de lado las delimitaciones de las quince provincias cruceñas, este libro ha preferido subdividir la realidad geográfica, económica y cultural del departamento en cuatro regiones: la llamada Región Integrada -capital y provincias del Norte-, la Chiquitania de la llanura oriental, el extenso Chaco del Sur y los Valles Cruceños colgados del Occidente andino. Cada una de estas regiones es diferente de las otras, no sólo por las dimensiones de su extensión, sino por su paisaje, su clima, sus habitantes, en suma, porque posee una personalidad propia. Pero todas ellas suman y resumen, en su variedad y diversidad, la identidad de una región que, a su vez, se está convirtiendo en síntesis de un país del que, al mismo tiempo, es también una cara diferente, la otra cara de Bolivia.